Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Conferencista, escritor e investigador (PUC)
No cabe duda alguna –y los numerosos datos disponibles así lo demuestran– que el
estrés crónico y sus graves consecuencias para la salud física y mental de las personas
están cada vez más presentes en la vida diaria, dando lo mismo, si hablamos del
fenómeno estrés al interior de las empresas o en la sociedad, en general.
Dejemos consignado que el estrés es “un sentimiento de tensión física y/o emocional
que se dispara de manera automática en el organismo humano ante cualquier desafío,
demanda, tragedia o amenaza que experimente un individuo”.
Es así, por ejemplo, que cuando una persona percibe alguna situación como una
amenaza para su integridad física, o bien, experimenta un exceso de presión o
exigencia sobre su persona, el sistema endocrino en conjunto con el sistema nervioso
autónomo comienzan rápidamente a “liberar hormonas, tales como la adrenalina y el
cortisol”, poniendo en alerta al individuo y preparándolo para actuar de inmediato. Si
se trata de alguna amenaza de tipo física, el sujeto afectado se alistará para
defenderse y luchar, o bien, para huir de inmediato (“fight or flight response”, en
inglés), cual es el caso, por ejemplo, cuando se es atacado por algún animal feroz o se
vive algún desastre propio de la naturaleza.
Las cifras confirman que el país lidera los rankings mundiales de preocupación por la
salud mental como consecuencia de factores tales como:
- Altos niveles de delincuencia y violencia social que son percibidas por una parte
importante de la población como “descontrolada”. - La inestabilidad económica, la inflación, el alto costo de la vida, el sobre
endeudamiento y las dificultades para llegar a fin de mes generan un estado de alerta
y malestar permanente en la vida de las personas. - El agotamiento laboral debido a las altas exigencias del trabajo –y la dificultad para
desconectarse de manera efectiva–, han hecho que el agobio sea una constante que, a
menudo, conduce a las personas al “burnout” o sentimiento de “estar quemado”,
factores todos que hoy dictan el ritmo de la vida diaria.
A raíz de lo anterior, reconocer esta situación, abordar los problemas a los cuales nos
enfrentamos y darle el tratamiento que corresponde se hace cada día más urgente, ya
que no sólo repercuten en la salud mental y física de las personas y, por ende, en su
calidad de vida, sino que también tienen una gran incidencia en la productividad y en
el rendimiento de la gente.
Si ya en octubre de 2024 un estudio realizado por la empresa de investigación de
mercados y de opinión pública, IPSOS, reveló que “el 82% de las personas encuestadas
consideró que la salud mental era tan importante como la salud física”, y que el “73%
declaró haberse sentido estresadas al punto de ver afectada su vida cotidiana”, resulta
fácil proyectar cuál es el sentir de la gente, hoy en día, como consecuencia de los
efectos colaterales que ha tenido en la población la elevada tasa de desocupación con
un 9,4% de gente sin trabajo, así como el alto nivel de destrucción en miles de hogares
y en la infraestructura del país a causa de los fuertes temporales que azotaron a
nuestra nación.
Por otra parte –tal como lo vemos diariamente en las noticias– el nivel de violencia
que se advierte en las calles, las agresiones en colegios y universidades en contra de
profesores y alumnos, las agresiones en hospitales y clínicas en contra del personal
médico, la presencia de violencia intrafamiliar (femicidios incluidos), el descontrol de
muchos conductores a la hora de los tacos en vías atestadas de vehículos, son solo
algunos de los numerosos síntomas que grafican los altos niveles de estrés y los malos
índices de salud mental que tenemos hoy en día.
Lo cierto, es que el estrés crónico dejó de ser solo una “anomalía” para convertirse en
una realidad de carácter estructural.














