Las claves de la derrota de Giorgia Meloni

Por Mariana Diaz Vasquez periodista , corresponsal T13 en Italia

La jefa del gobierno italiano dejó de ser invencible y la larga luna de miel con su electorado se acabó. A partir de ahora ya nada será igual en Italia.

No hubo una explosión o un momento único que marcara el quiebre. La derrota de Giorgia Meloni llegó de forma más sutil, casi silenciosa, como esas grietas que primero apenas se perciben y luego ya no pueden ignorarse. Fue con un referendum promovido por su misma coalición. Estaban seguros de ganar, pero los italianos dijeron que “no”

Las claves de la derrota de Giorgia Meloni
La jefa del gobierno italiano dejó de ser invencible y la larga luna de miel con su electorado se acabó. A partir de ahora ya nada será igual en Italia.

No hubo una explosión o un momento único que marcara el quiebre. La derrota de Giorgia Meloni llegó de forma más sutil, casi silenciosa, como esas grietas que primero apenas se perciben y luego ya no pueden ignorarse. Fue con un referendum promovido por su misma coalición. Estaban seguros de ganar, pero los italianos dijeron que “no”.
Italia: entre el si y el no
Durante años, el Gobierno italiano había avanzado con la seguridad de quien cree tener el control del tablero. Desde 2022, Meloni había logrado darle estabilidad al país, algo poco habitual en la política italiana. Ella era la líder de una coalición que se mantenía firme, con una narrativa clara y que parecía dominar los tiempos políticos.

Pero esta semana, durante la noche del referéndum todo cambió. Meloni sufrió este lunes su primera derrota en las urnas en tres años y medio, desde que ganó las elecciones generales de 2022, en un polémico referéndum de reforma de la justicia. Un comicio que la misma coalición oficialista planteó como un voto en favor o en contra del gobierno. Estaban seguros de ganar y sacar adelante la reforma de la magistratura que tanto tiempo llevaban planeando, pero el resultado de las consultas fue claro y el “NO” se impuso con el 53,5% frente a un 46,3% del “Sí”, con una participación inusualmente alta, el 58,9%, para una consulta de este tipo.

Y aunque en público Meloni intentó restarle dramatismo y dijo simplemente: “los italianos han decidido”, dentro del Gobierno la sensación era otra. No se trata solo de una derrota. Los italianos están enviando una señal.

Un malestar que nadie vio venir
Lo más inquietante no fue el resultado en sí, sino su origen. No hubo una crisis económica repentina. No hubo un escándalo único que lo explicara todo. Lo que emergió fue algo más difícil de detectar y es un malestar latente que no aparecía en los sondeos ni en el discurso oficial.

Los jóvenes italianos votaron masivamente en contra y en el sur del país también. Pero el dato más perturbador para el Gobierno fue que una parte del propio electorado de derecha se alejó. Algunos no fueron a votar, mientras que otros cruzaron la línea y votaron con la oposición. Es un gesto raro en Italia y por eso mismo, significativo.

Los analistas coinciden en que no fue un castigo directo a la gestión, sino una reacción más profunda. La reforma judicial, un cambio complejo y lleno de tecnicismos, terminó interpretándose como un posible intento de alterar el equilibrio de poderes.

En un mundo donde figuras como Donald Trump o Viktor Orbán han tensionado las instituciones, el miedo a una deriva autoritaria empezó a pesar más que el contenido real de la ley.

Además, en esta ocasión la coalición gubernamental se mostró menos compacta y menos movilizada que el bloque del “No” (que unificó centroizquierda, sectores moderados y parte del electorado “no alineado”). Instant poll y estimaciones difundidas por medios italianos muestran que una fracción relevante de votantes de los partidos de Gobierno se abstuvo o votó “No”.

La reacción de Meloni fue inmediata. Y, según relatan medios italianos, marcada por un enfado poco habitual en una líder que suele controlar sus gestos. El martes por la tarde, en el Palazzo Chigi, la sede del Ejecutivo, el clima era de máxima tensión y Meloni decidió afrontar los problemas internos que había dejado crecer. Esos “trapos sucios” que, en tiempos de fortaleza, parecían manejables y ordenó las dimisiones de algunos de sus ministros.

El subsecretario de Justicia, Andrea Delmastro, cayó primero. Su nombre había quedado ligado a un escándalo incómodo y relacionado con un restaurante compartido con el entorno de una familia mafiosa, sumado a una condena en primera instancia por revelación de secretos. Después dimitió Giusi Bartolozzi, jefa de gabinete del mismo ministerio, implicada en la liberación de un militar libio reclamado por crímenes contra la humanidad. Pero, la tercera ministra a quien Meloni le pidió sus dimisiones le dijo que no.

Se trata de Daniela Santanchè, ministra del Turismo. Empresaria, figura conocida de la jet set, curtida en las batallas políticas desde los tiempos de Berlusconi. No era una recién llegada ni tampoco alguien fácil de disciplinar. La actual ministra del Turismo tenía dos causas abiertas, una por falsedad contable y otra por estafa a la seguridad social. Además la oposición llevaba años pidiendo su dimisión, pero hasta esta semana, Meloni la había protegido.

Este martes el ministerio de Turismo lanzó un mensaje breve, casi desafiante en el que se lee que Santanchè seguiría en su despacho al día siguiente, con todos sus compromisos confirmados. Nueve minutos después, llegó la respuesta de Meloni. Un comunicado seco, institucional, pero en el que se invita a la ministra a actuar con la misma “sensibilidad” que sus colegas y dimitiera. No lo hizo.

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