Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Conferencista, escritor e investigador (PUC)
Por si alguien aun no lo sabe, de acuerdo con datos suministrados en agosto de 2025
por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión y la ansiedad representan
“un trastorno en salud mental muy común y dos de las principales causas de
discapacidad global”, ya que en su conjunto afectarían a casi setecientos millones de
seres humanos en todo el mundo, siendo trastornos que, luego de la epidemia de
Covid-19, tuvieron un aumento de alrededor de un 25%, afectando más a mujeres y
adolescentes.
Desglosadas las cifras, a escala mundial más de 330 millones de personas sufren de
depresión y alrededor de 359 millones sufren de ansiedad crónica, estimándose que
un total de 700.000 personas optan cada año por quitarse la vida, siendo el suicidio la
tercera causa de muerte en el grupo etario de 15 a 19 años.
Si las cifras de la OMS son correctas, eso significa que alrededor del 8,4% de la
población mundial –sin importar sexo o edad– está expuesta a sufrir una crisis
depresiva o de ansiedad que requerirá de ayuda médica y psicológica. Esto convierte a
la depresión y a la ansiedad en dos de los principales problemas en salud mental en el
mundo occidental, condición que puede afectar a cualquier persona, especialmente, si
se toma en consideración otro dato importante: aquellos individuos que han sufrido
abusos, pérdidas graves u otros eventos estresantes, tienen más probabilidades de
sufrir de depresión.
En este sentido, son muchas las personas que se quejan de sentirse deprimidas, con
síntomas tales como: trastornos del sueño –insomnio, despertar muy temprano en la
mañana y no poder volver a dormirse–, pérdida del apetito, disminución del deseo
sexual, fatiga y cansancio crónico, incapacidad para poder realizar sus tareas
habituales, no poder concentrarse en el trabajo, etc.
De acuerdo con algunos estudios, el auge de la depresión en la segunda mitad del siglo
XX se debió, entre otras razones, al alto nivel de competencia entre los integrantes de
las sociedades occidentales, en tanto que en los países industrializados, la depresión se
ha convertido en motivo de consultas médicas y de visitas a especialistas en casi el 50%
de los casos.
Ahora bien, cuando se hace un intento por escarbar y profundizar un poco más en
relación con la pregunta a qué se debe el aumento de la depresión en nuestra
sociedad, la respuesta, es que este trastorno se debería a “una interacción compleja de
factores sociales, culturales, psicológicos y tecnológicos”, a los cuales hay que sumar:
(a) el estrés –generado tanto por dificultades de tipo económico como así también en
el ámbito laboral–, (b) la falta de redes de apoyo familiar y psicológico, (c) el aumento
del aislamiento social que está siendo exacerbado cada día más por la tecnología, todo
lo cual, se amplifica por el tipo de cultura occidental que no valida a la tristeza como
un síntoma a tener en cuenta, y que ve en la depresión, en el estrés y en la ansiedad
“signos de debilidad personal”, lo cual, por cierto, resulta ser una soberana tontería.
Al analizar con mayor detención algunos de los factores causantes de la depresión,
surge, hoy en día, uno con mucha fuerza, a saber, el incremento de la dependencia
tecnológica y el uso de las redes sociales, condición que puede conducir a las personas
a “la soledad y a la desconexión real, a pesar de estar hiperconectadas virtualmente”,
afectando de manera especial a personas jóvenes.
Asimismo, el hecho que en la cultura occidental se glorifique a la felicidad como un
estado de bienestar que hay que alcanzar a como dé lugar, ello puede provocar el
efecto contrario, es decir, que las personas se sientan peor consigo mismas cuando se
ven imposibilitadas de alcanzarla, generando de esta forma un “ciclo de rumiación
negativa”.
Un factor que hay que destacar –y que influye en el aumento de los trastornos del
ánimo– se relaciona con los altos niveles de estrés en el trabajo, así como también con
el tema de las desigualdades económicas entre los individuos que ganan más y
aquellos que ganan menos, desigualdad que se repite entre hombres y mujeres, no
obstante que las mujeres realizan las mismas labores y funciones que los varones.
Digamos, finalmente, que la vergüenza asociada a los problemas de salud mental que
experimentan algunas personas, dificulta e interfiere muchas veces, con el deseo de
buscar ayuda profesional, una percepción que ya es tiempo de dejar en el pasado.











