Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Conferencista, escritor e investigador (PUC)
El juego en sí, es la “principal herramienta que tienen los niños a disposición con el fin
de relacionarse con otros menores, de desarrollar su empatía, de aprender a respetar
turnos, a compartir con los demás”, etc., algo que, definitivamente, no sucede con los
juguetes o medios tecnológicos, por cuanto, lo que hace el menor es competir consigo
mismo buscando mejorar los puntajes obtenidos en un determinado juego, pero es
incapaz de autorregularse, ni de inventar o de ser creativo, tal como sucede con los
juguetes tradicionales.
Si bien es cierto, que los llamados “dispositivos, juegos o juguetes tecnológicos”
pueden contribuir al desarrollo de ciertas habilidades valiosas en los niños, tales como
la coordinación psicomotriz, la concentración en aquello que se está haciendo, o bien,
mostrar cierta tolerancia a la frustración, también es cierto, que uno de los principales
efectos nocivos que ha sido detectado y estudiado por los expertos en el tema, “se
relaciona con el escaso desarrollo de las destrezas sociales”.
Al respecto, se produce la siguiente primera gran contradicción: aun cuando las
familias intentan ser más unidas y cercanas, cada vez compran para sus hijos –y para
ellos mismos– más juguetes y aparatos tecnológicos con la finalidad de que cada cual
se entretenga por su propia cuenta.
Un sondeo realizado por la Agencia de Medios MindShare detectó que más del 80% de
los niños declara ocupar por las tardes –e incluso por las noches– su teléfono celular
inteligente, el PC con Internet, la consola de Play Station u otros medios digitales
relacionados con las redes sociales. En tanto que el 94% de los menores declaró usar el
computador a diario, luego de la jornada escolar.
De acuerdo con las investigaciones, muchos niños menores de 13 años están
chateando con diversas personas –incluso desconocidas– o bien, con algunos de los
programas de chat-GPT, otros de 15 años están accediendo a sitios de pornografía
para adultos o haciendo apuestas en línea, niños de 5 años están jugando videojuegos
o viendo cartoon en TV cable, en tanto que el papá mira las noticias o una película y la
mamá circula por la casa hablando por su celular.
A lo anterior se suma el siguiente hecho: en una encuesta realizada por UNICEF y
Adimark se constató que –ya sea por temor o por comodidad– cada vez menos niños
salen de sus casas a jugar y sólo alrededor del 20% juega en las calles, en las plazas o
en lugares al aire libre.
Llegados a este punto, es preciso señalar que el gran problema de los niños no son los
juguetes tecnológicos, sino que el abuso que se hace de éstos, ya que en un contexto
donde la supervisión parental está, prácticamente, ausente, se produce una segunda
gran contradicción familiar: los niños están solos, pero con los padres al interior del
hogar. ¿La razón? Demasiado a menudo, los padres llegan cansados luego de largas
jornadas de trabajo y la interacción que tienen con sus hijos no es de calidad ni
tampoco muy afectiva, ya que la mayoría de los padres se preocupa por la comida y de
que los hijos hayan hecho las tareas para el colegio, pero no así del juego ni de lo que
hicieron con sus dispositivos electrónicos.
Muchos padres señalan, abiertamente, que pasan muy poco tiempo con sus hijos. En
relación con esta realidad, una encuesta parental dejó al descubierto que alrededor
del 50% de los adultos reconoció que una parte importante de la infelicidad de sus
hijos se debe, en gran medida, al poco tiempo que pasan con ellos.
Un estudio de Educación 3.0 realizado en España que, por cierto, puede aplicarse o
hacerse extensivo a otros países, arrojó que “entre el 50% y el 60% de los padres
aseguró que no supervisa o no monitoriza de manera constante a los niños, o bien,
carece de control directo, acerca de las actividades de sus hijos, especialmente en lo
relacionado con el entorno digital”. Este nivel de desconexión o de falta de control se
incrementa con la edad de los menores, en tanto que únicamente el 26% de los
padres afirma que utiliza aplicaciones de control parental. El resto se fía de la palabra
del menor o sólo realiza revisiones casuales.
Uno de los aspectos más graves y peligrosos que está relacionado con el tema bajo
análisis, es que “el 33% de los adultos afirma no estar seguro o señala derechamente
ignorar qué hacen sus hijos en Internet, ni cuánto tiempo usan sus hijos los dispositivos
electrónicos”.














