La importancia de una madre cariñosa… ¡no existe nada mejor!

Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Conferencista, escritor e investigador (PUC)


“La vida no viene con un manual de instrucciones: viene con una… mamá”.
Existe un principio en Psicología que señala que los niños bien tratados y que crecen
experimentando el afecto, el amor y el cariño de sus madres se desarrollan más sanos física,
cognitiva y emocionalmente y, en promedio, tienden a ser más inteligentes que aquellos
infantes que no son tratados con afecto ni cariño materno, condición a la que se suma, por
supuesto, la figura paterna, quien cumple un rol fundamental en el desarrollo integral del
niño. En este sentido, se habla del “triángulo familiar”: hijo, madre y padre.
Este es el punto de partida del Dr. Jorge Barudy, quien, en su libro titulado “Los buenos
tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia”, destaca que aquellos niños que viven
en contextos de amor y afecto desarrollan diversas capacidades y habilidades que les
permiten superar y enfrentar con éxito adversidades en cualquier etapa de sus vidas.
La relevancia del amor maternal puede ser desglosada en tres aspectos complementarios:

  1. Desarrollo cerebral: las muestras de cariño por parte de la madre estimulan las
    capacidades emocionales e intelectuales desde los primeros meses de vida del niño.
  2. Apego seguro: los cuidados de una madre afectuosa incluyen la entrega incondicional
    de cariño, de protección y estimulación temprana. La reconocida novelista y escritora
    inglesa Agatha Christie aseguraba que “El amor de una madre por un hijo no se puede
    comparar con ninguna otra cosa en el mundo. No conoce ley ni piedad, se atreve a
    todo y aplasta todo cuanto se le opone”.
  3. Inteligencia, capacidad cognitiva y salud: los niños que son bien tratados y que
    desarrollan un sano vínculo maternal, crecen más sanos y muestran un mejor
    desarrollo cognitivo en comparación con aquellos otros niños que crecieron con falta
    de afecto y muestras de amor.
    De ahí, entonces, la vital importancia que tiene la presencia de una madre cariñosa y
    afectuosa en el entorno infantil desde que éste nace. Se sabe con certeza, que el afecto
    materno resulta ser imprescindible en los primeros meses de vida de un infante por la
    estrecha relación que éste tiene con el desarrollo del cerebro y de algunas de sus
    capacidades más relevantes, sean éstas de tipo intelectual o emocional. La corteza frontal de
    un bebé llega a ser muy activa metabólicamente entre los seis y los 24 meses, y puede estar
    muy involucrada en los primeros desarrollos de carácter emocional y cognoscitivo, por lo
    tanto, la falta de experiencias y estímulos en esta etapa clave del desarrollo infantil puede
    influir negativamente en el sistema de los circuitos emocionales.
    Hoy se habla mucho de la “neuroplasticidad del cerebro”, es decir, la capacidad que tiene
    este órgano para inducir cambios en cualquier etapa de la vida. Sin embargo, hay períodos en
    la vida de un bebé, en los que si no se producen ciertos estímulos vinculados, generalmente,
    al amor, afecto y cariño de una madre –o de un padre– afectuoso, se producen una serie de
    alteraciones, trastornos y pérdidas que, posteriormente, se dificulta recuperar o revertir.

Se produce un fenómeno llamado “poda neuronal”, fenómeno a través del cual, el cerebro
destruye axones y dendritas cuando ciertas zonas del cerebro no son estimuladas, una
condición que, al final de cuentas, es irreversible e irrecuperable. Algunas habilidades que se
desarrollan en períodos o “ventanas críticas” son, por ejemplo, el lenguaje, la audición y
ciertas respuestas emocionales. En el caso específico del lenguaje, luego de pasado un
tiempo crítico, al cerebro se le dificulta –o pierde totalmente– la capacidad de hablar y
expresarse de manera adecuada. Aquí tenemos el ejemplo de los llamados “niños salvajes”,
quienes, al ser criados sin contacto humano, nunca aprenden a hablar con fluidez.
Cuando tenemos el cerebro de un bebé que recién se está desarrollando, hay ciertos
aprendizajes que, necesariamente, deben ocurrir en ciertas etapas específicas del desarrollo
y no posteriormente. Esto lo demostró de manera clara e irrebatible el Dr. René Spitz –y
muchos otros investigadores que se interesaron por el tema– al observar y estudiar los
efectos ambientales desfavorables en los llamados “niños institucionalizados” (denominado
también “efecto hospitalismo”), es decir, bebés que yacían en orfanatorios solos y
abandonados en sus cunas durante el primer y/o segundo año de vida, bebés que pasaban
más de 20 horas al día sin nunca ser acunados en unos brazos afectuosos o de alguien que les
ofreciera cariño, tomando mamaderas frías que eran apoyadas sobre sus pequeños cuerpos y
luego eran dejados solos nuevamente. La gran mayoría de estos bebés, presentaba daños
psicosomáticos irreparables, eran incapaces de sentarse por sí mismos, se mostraban
apáticos o se mecían lánguidamente durante muchas horas de un lado a otro, tratando de
mitigar el dolor y el tremendo vacío de una madre afectuosa ausente.
Ahora bien, si algunos de estos niños eran dados en adopción con más de dos o tres años de
edad, se presentaban una serie de problemas, tales como rebeldía, incapacidad para seguir
instrucciones, experimentar rabietas, mostraban dificultades para compartir y alternar con
otros niños, presentaban algunos problemas de retraso cognitivo y, en algunos casos, se
podían ir tranquilamente con personas extrañas que les dijeran algunas palabras afectuosas.
Hoy se sabe, que hay “ventanas de tiempo”, donde, por intermedio de la interacción del
sujeto con otras personas, se establecen una serie de estructuras emocionales. La madre, a
través de su arrullo mientras mece y acuna al bebé, mientras lo sostiene, lo alimenta y lo
contempla, ayuda a dar forma al cerebro del menor, por intermedio de lo que se denomina
“moduladores ocultos”, responsables de muchas de nuestras reacciones y conductas.
Digamos, finalmente, que el apego seguro entre una madre afectuosa y su hijo, implica los
llamados “cuidados maternales”: entrega incondicional de afecto y cariño al recién nacido,
protección del bebé ante todo tipo de peligros, estimulación temprana y continua,
satisfacción de las necesidades físicas y emocionales del infante, etc., y, para ello: ¡no hay
nada mejor que una madre y un padre cariñosos!

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