Orlando Robles Palacios
Director de Investigación, Innovación y Postgrado
Universidad Central de Chile sede Región de Coquimbo
«La felicidad solo es real cuando es compartida». Esta frase, que Christopher McCandless,
conocido como Alexander Supertramp, anotó durante su travesía, sella el emotivo relato de
«Hacia rutas salvajes». Este Día Nacional de las Ciencias, la Tecnología, el Conocimiento y
la Innovación invita a leerla desde nuestro campo.
Hoy el conocimiento vive un punto de quiebre. La hiperconectividad y la inteligencia artificial
han cambiado la forma en que aprendemos, trabajamos y convivimos, y con ello las
competencias que necesitamos. Decidir bien exige filtrar y contrastar información, y los
sistemas productivos requieren integrar tecnología, creatividad y colaboración.
Aquí cobra sentido la idea de investigar para transformar. Anticiparnos a los cambios exige
producir conocimiento y hacerlo llegar a quienes lo necesitan. Un estudio que mejora la
gestión de un hospital, una metodología que fortalece el trabajo docente o un desarrollo que
impulsa a una empresa regional son ejemplos de ese recorrido.
Es necesario mirar dónde estamos. Según la última medición nacional, Chile invierte cerca
de un 0,41% de su PIB en I+D, mientras el promedio de la OCDE bordea el 2,7%. Es un
avance que vale la pena reconocer y una invitación a seguir creciendo.
La innovación tiene dos caras, el riesgo y la retribución. Como en toda travesía, el riesgo
aparece cuando los proyectos toman más tiempo del esperado o se internan por rutas
desconocidas. La retribución llega cuando ese esfuerzo se traduce en bienestar y nuevas
oportunidades. El mayor riesgo es quedarnos quietos.
Este desafío tiene también una dimensión territorial. Las regiones tienen preguntas y
vocaciones propias, y las respuestas se construyen mejor junto a quienes habitan el
territorio. Descentralizar la ciencia y la innovación es condición para el desarrollo de todo el
país.
Para volver a crecer necesitamos aumentar de forma sostenida la inversión en I+D,
compartir el riesgo de innovar entre el Estado, la academia y el mundo productivo, y
fortalecer en las regiones las condiciones para que el talento investigue y se quede. Así, la
ciencia, la tecnología, el conocimiento y la innovación cobrarán pleno sentido, cuando sean
compartidos y lleguen a las personas.















