“Advocatus diaboli” o… los abogados del diablo


Dr. Franco Lotito C. – www.aurigaservicios.cl
Conferencista, escritor e investigador (PUC)
Es altamente probable que no muchas personas sepan que el concepto “abogado del
diablo” –o “advocatus diaboli”, en latín– se remonta a varios siglos atrás y hace referencia
a un concepto que se relacionaba con el fiscal –o promotor de la fe– en los antiguos juicios
o procesos de canonización de la iglesia católica.
La principal función de este abogado –un sacerdote con un doctorado en Derecho
Canónico– era cuestionar, objetar, exigir pruebas y revelar todos los errores, falsedades u
omisiones contenidas en la documentación presentada por la contraparte que buscaba
demostrar las virtudes y los méritos del candidato propuesto para ser elevado a la
categoría de “beato” o de “santo de la Iglesia”. Esta metodología fue establecida en el
siglo XVI por el Papa Sixto V y luego abolida por el Papa Juan Pablo II en el año 1983.
Hoy en día, hacer las “veces del abogado del diablo” describe una acción, en que un Sujeto
B, frente a un cierto punto de vista u opinión expresada por un Sujeto A, adopta una
postura opuesta a la de su interlocutor, bajo el “supuesto” –demasiado a menudo de
dudosa sinceridad– de ampliar el debate, o bien, con la finalidad de analizar y explorar la
idea de manera más profunda, utilizando, en realidad, argumentos y razonamientos que
están en total oposición de la idea del sujeto A, sin que B entregue una idea a cambio que
sea mejor, ya que sólo se limita a destrozar la idea de A.
Lo cierto, es que en la actualidad este concepto se utiliza con la finalidad de argumentar
en contra de una idea, sin que el sujeto que argumenta en contra de dicha idea esté,
realmente, comprometido o, siquiera, interesado en la propuesta en discusión.
Tal como lo demuestran Tom Kelley y Jonathan Littman en su libro “Las diez caras de la
innovación” (“Ten Faces of Innovation”, en inglés) muchas personas han debido pasar por
esta incómoda situación, en que una persona propone una idea ante un grupo de
colaboradores que están analizando y discutiendo un nuevo proyecto y obtiene una
entusiasta oleada de apoyo por parte del grupo. Sin embargo, cuando ya parece que el
grupo está “alcanzando la ‘masa crítica de apoyo’ que permite dar el paso siguiente”, en
forma repentina, y en un instante que puede ser descrito como trágico, las esperanzas del
dueño de la idea se derrumban completamente al ver cómo se levanta de la mesa un
sujeto que lanza las fatídicas palabras: “Quisiera hacer de abogado del diablo…”.
Pues bien, tal como lo destacan Kelley y Littman, luego de “invocar el increíble poder
protector de esta frase –aparentemente inocua–, el orador se siente libre para disparar
impunemente sobre la idea”. La razón es simple: no sería el sujeto que tomó la palabra el
que estaría destrozando la idea, sino que sería el “abogado del diablo” el que estaría
formulando las despiadadas críticas. Dicho de otra manera: el abogado del diablo se
autoexcluye del grupo y, de esta manera, evade olímpicamente “cualquier responsabilidad
personal por el ataque verbal” al cual comienza a someter a la persona que primero
aportó la idea, mientras destroza y termina por lanzar la propuesta a una flameante
hoguera para que termine de ser incinerada.

A la hora de analizar proyectos y tomar las decisiones correspondientes, este tipo de
maniobras por parte de los temibles abogados del diablo son más habituales en las
empresas de lo que uno piensa. Kelley y Littman van más allá y aseguran que “el abogado
del diablo sería el mayor asesino de innovaciones”, por cuanto, cada día, miles de
excelente ideas, proyectos y planes son despedazados por algún abogado del diablo.
Por otro lado, lo que hace aún más siniestro a este personaje, es que alienta a otros
destructores de ideas para que adopten la perspectiva o visión más negativa acerca de la
propuesta, focalizándose exclusivamente en los inconvenientes, los problemas o los
desastres inminentes que podrían acontecer, si es que se llegara a implementar el
proyecto o la idea propuesta, pero nunca en sus ventajas y aspectos favorables.
Si una persona no quiere caer en la tentación de convertirse en el abogado del diablo de
turno, debe aprender, que es preciso entregar los argumentos y las pruebas necesarias
con a fin de defender una idea propia en oposición a la idea de otro individuo, lo cual, no
significa –ni tampoco implica–, estar adoptando el rol de asesino de una idea ajena.
Muy distinto es el caso, si lo que se busca, es entregar una perspectiva o mirada diferente
de lo que piensa u opina la otra persona, perspectiva que va acompañada de los datos e
información que demuestran que esta “mirada” tiene más visos de ser cierta y correcta
que la que ha presentado el primer sujeto, puesto que en este caso estamos frente a dos
ideas distintas, ideas que incluso, pueden llegar a ser complementarias. Lo anterior, en
lugar de dedicarse, única y exclusivamente, a reventar la propuesta del interlocutor.
Es así, por ejemplo, que si se está ocupando la metodología de la “lluvia de ideas”, nunca
jamás se debe desechar –ni descalificar– la idea que haya sido propuesta por alguno de los
participantes tachándola como una “idea tonta”, “idiota” o “sin sentido”, puesto que lo
único que se logra con esa actitud despectiva, es que el participante se sienta tan
avergonzado y humillado frente al grupo, que de ahora en más, no volverá nunca más a
tomar la palabra para proponer alguna idea u opinión.
Entonces, ¿por qué razón es tan importante tomar ciertas precauciones ante este tipo de
situaciones y de sujetos? Muy simple: porque las innovaciones representan el necesario
“fluido vital de cualquier organización”, en tanto que el abogado del diablo representa a
un sujeto peligrosamente tóxico, especialmente, cuando no tiene nada que ofrecer a
cambio de lo que ha sido propuesto por otros, salvo el uso de un lenguaje negativo y
destructivo que asesina, obstruye y despedaza las ideas de los demás.

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